Conversemos su próximo proyecto clínico.
WhatsAppEste proyecto de diseño interior para una clínica pediátrica en Santiago parte de una decisión sobre el color: en vez de repartirlo por todo el local, se concentró en un solo objeto. Una cortina de tubos verticales de colores separa la recepción de la circulación, y de ahí sale toda la paleta del proyecto.
Alrededor de esa cortina todo es neutro: blanco, gris y madera clara. Esa distancia es intencional. Un espacio saturado de color cansa al niño que llega ansioso y envejece mal; concentrarlo en una pieza deja que el color sea un acontecimiento y no un ruido de fondo.
El mural de la espera sigue la misma regla. Es un paisaje de montañas en tonos suaves, no personajes ni dibujos de temporada, de modo que el espacio no caduca. Bajo el mural, una banca voladiza tapizada con cojines e iluminada por debajo resuelve la espera del acompañante sin ocupar suelo.
El mesón de recepción es curvo, bajo y de frente acanalado: sin aristas y a una altura que un niño alcanza. Es lo primero que se ve al entrar, enmarcado por un cielo circular con luz de cornisa.
Los boxes se cerraron con mamparas de vidrio de marco negro en vez de tabiques ciegos. La razón es clínica antes que estética: el niño ve a quien lo acompaña y el acompañante ve al niño durante todo el procedimiento. La consulta se resolvió igual, como una cápsula de vidrio de esquina curva junto a la espera.
Dentro de los boxes la paleta vuelve a ser clara —revestimiento hexagonal, frentes blancos y cielo de hormigón visto— y cada puesto se orienta al ventanal con vista a la ciudad. El resultado es una clínica pediátrica que se lee amable sin infantilizarse: el color está donde tiene que estar, y la transparencia hace el resto.